En medio de los desolados e inmensos páramos que existen al oeste de las cordilleras grises, se alza con silueta sombría la gigantesca catedral de sal. Nadie sabe quién la construyó ni desde cuando alza sus blancas torres en la llanura. Simplemente está. Imponente e inmóvil. Yo nunca la he llegado a ver porque no me aventuro tan lejos de mi hogar, pero me han dicho que sus ciclópeas torres son visibles desde leguas y sirven de guía a los viajeros cuando, en los días de la estación de ventisca, se pierden en esas latitudes desoladas en las que es tan difícil encontrar referencia alguna. Sin embargo, todas las personas de bien evitan acercarse a la colosal estructura. Acaso atemorizados por sus dimensiones que escapan a toda comprensión humana. Los habitantes de la región hablan en susurros sobre la catedral de sal en sus ciudades, atribuyéndole poderes mágicos y misteriosos. No se menciona explícitamente sino que se realiza con las manos el signo de "At-kuri-nom" que ...