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La catedral de sal

 


En medio de los desolados e inmensos páramos que existen al oeste de las cordilleras grises, se alza con silueta sombría la gigantesca catedral de sal. Nadie sabe quién la construyó ni desde cuando alza sus blancas torres en la llanura. 

Simplemente está. Imponente e inmóvil. 

Yo nunca la he llegado a ver porque no me aventuro tan lejos de mi hogar, pero me han dicho que sus ciclópeas torres son visibles desde leguas y sirven de guía a los viajeros cuando, en los días de la estación de ventisca, se pierden en esas latitudes desoladas en las que es tan difícil encontrar referencia alguna.

Sin embargo, todas las personas de bien evitan acercarse a la colosal estructura. Acaso atemorizados por sus dimensiones que escapan a toda comprensión humana. Los habitantes de la región hablan en susurros sobre la catedral de sal en sus ciudades, atribuyéndole poderes mágicos y misteriosos. No se menciona explícitamente sino que se realiza con las manos el signo de "At-kuri-nom" que ahuyenta la mala suerte y previene de los males de ojo. Algunos sabios afirman que la estructura está conectada a antiguos portales que te permiten alcanzar otros lugares entre los sueños, mientras que otros dicen que oculta tesoros invaluables. En cualquier caso, sus torres de sal se elevan hacia el cielo como los dedos de un gigante petrificado, sus arbotantes blancos caen a la llanura y se incrustan en la tierra como un gigantesco insecto, pero nadie osa profanar su eterno silencio. Sigue sola y yerma acompañada por el viento de la llanura por los siglos de los siglos.

La única historia conocida de primera mano sobre el interior de la catedral de sal la cuentan los viejos caravaneros de la región de Pantalia y se remonta a la experiencia de un ambicioso joven llamado Mahamud quien, atraído por las leyendas sobre inconcebibles riquezas, se adentró en su interior hace muchos años. Nadie tomó en serio lo que narró cuando lo encontraron vagando medio loco en el desierto.

Lo que narró Mahamud antes de morir entre delirios solo ha llegado como tradición oral y hemos de tomarlo con la prevención de las historias no contrastadas. Situó la catedral a cinco jornadas a caballo del oasis de Yen-kiwa en dirección noreste. El había acampado la noche de su llegada en el lado este de la mole blanca para recuperar fuerzas después de un azaroso viaje por las estepas.El día siguiente lo había dedicado a rodear la catedral para establecer un plan de acceso. Le impresionó el silencio que había, solamente roto por el susurro del viento que hacía chocar suaves remolinos de arena contra las paredes blancas. También se dio cuenta que en un lateral, había cedido ligeramente un contrafuerte y se vislumbraba una grieta por la que decidió entrar a la mañana siguiente.

Esa última noche, tomó una comida fuerte y se encomendó a los dioses. El viento arreciaba y llenó el campamento de una nube de arena en la que se escuchaban tímidamente palabras de advertencia. Sin esperar al alba, decidió entrar a resguardarse de la inclemente tormenta de arena en el gigantesco edificio. Lo primero que notó cuando traspasó el umbral fue la atmósfera cargada y quieta del lugar. Los pasillos laberínticos de cristales de sal parecían brillar con una luz interna. Fue adentrándose en lo que parecía ser una especie de capilla lateral. Cada rincón estaba decorado con relieves que contaban la historia de antiguas civilizaciones perdidas, sus logros y su caída. Eran especialmente inquietantes unas esculturas que se repetían periódicamente en los pasillos y que mostraban seres con expresión de horror petrificados en posiciones grotescas.

Perdió la noción del tiempo según dijo, aunque creía que había andado varias horas. En todo caso, tras los pasillos y las recámaras, llegó a lo que parecía el centro de la catedral. En este lugar sagrado donde la atmósfera se había hecho casi sólida, se alzaba una gigantesca estatua blanca. A sus pies, incontables ofrendas de las más variadas piedras preciosas, oro, marfil, ébano, sedas y perfumes que habrían hecho las delicias del más refinado de los reyes. Muhamud quiso tomar un cofre decorado con gigantescos rubíes pero una voz en su interior le previno. Miró al ídolo de sal y vio con inquietud que sus ojos, antes inexpresivos, lo miraban directamente. 

No hubo palabras pero el joven ladrón supo que tendría que pagar en sal el precio de las riquezas que cogiese. Al principio se contuvo y tomó solamente una moneda de oro con una imagen de un rey antiguo. 

-"Con esta moneda podré comprar una jarra de vino y un asado a mi vuelta. Así me recuperaré del viaje"- pensó mientras sentía que el dedo con el que tomó la moneda se le petrificaba y adquiría un color blanquecino. Su primer instinto fue alejarse de aquel montón de riquezas pero como no notaba dolor en su dedo se envalentonó. Se imaginó llegando a su pueblo a lomos de un hermoso corcel blanco, ataviado de lujosas sedas. Se volvió y agarró un enorme rubí -"Con este rubí, podría comprar un caballo y vestir como el visir" - y su mano se tornó blanca mientras un hormigueo la recorría.

Entonces Muhamud se acordó de sus padres, pobres de solemnidad. “Ellos se lo merecen todo”- pensó, así que se agachó y cogió un cofre lleno de piedras preciosas. - "Con esto les daría la vida que se merecen… vivirían en una hermosa casa de mármol y no en en su miserable choza de adobe" - al instante su costado derecho se petrificó. 

Luego pensó en Zoraida, la hermosa muchacha de la panadería debajo de su casa. Enamorado en secreto de ella, nunca le había dicho nada porque sentía que nada podía ofrecerle. Se imaginó viviendo con Zoraida en un palacio, con múltiples criados, lleno de hijos, - “… y todos mis vecinos se inclinarían ante mí” - sonrió y cogió con ímpetu un gran cetro de oro macizo.

Luego deseó ser califa para gobernar toda Pantalia, así nadie se volvería a burlar nunca de él, con aquellas riquezas podría fundar el mayor imperio conocido… y después, …después sería inmortal... y con cada deseo que tenía, más codicia sentía y más riquezas cogía. Se llenaba los bolsillos de su túnica, en sus cinturones de cuero se colgaba las joyas, casi no se podía mover del peso que llevaba. Pero lo peor era que el infeliz no se daba cuenta que en cada paso, su cuerpo se corrompía más y más.

Nadie sabe cuanto acabó tomando Muhamud de aquel tesoro porque cuando lo encontraron días después solamente musitaba: "cogí todo lo que pude, hubiera sido el amo del mundo". Sin embargo, ni una sola moneda fue hallada a sus pies. ¿Las iría perdiendo en su camino de vuelta en un vano intento de evitar el destino que había sido sellado en el instante en que entró en aquella catedral de sal? Nunca se supo, lo único que pudo hacer el desdichado es contar su historia y morir mientras en su mente seguía viendo aquellas riquezas,  su vida de lujo y poder junto a Zoraida, los hijos que nunca tendría con ella… todo aquello que anhelaba y que nunca fue más que un espejismo.

Según los ritos antiguos, su cuerpo se dejó en el desierto en el mismo punto donde murió para que el sol lo purificase. Sin embargo, en vez de pudrirse, las blancas carnes se secaron, se volvieron quebradizas y blancas y finalmente adquirieron la consistencia pétrea de un bloque de sal. Sus brazos se arquearon en un gesto que algunos interpretaron de vergüenza o de desesperación.

Y allí lo dejaron, perenne en medio de los susurros crueles del viento. Su cara tapada con sus manos. Presiento que  en el interior de aquella estatua de sal aún late el alma de Muhamud soñando su sueño de riqueza eterna.

Ahora su figura empieza a desfigurarse bajo el impacto de la arena inmisericorde del desierto. Así la vi yo la última vez que pase por aquel lugar. Fría, blanca y eternamente angustiada. En unos años se disolverá como la sal y volverá al desierto que es lo que todos somos por voluntad de los dioses.

Sirva esta advertencia viajero para que, si alguna vez vislumbras las blancas torres, evites acercarte a la catedral de sal. 

Avisado quedas.






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