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Samuel y Narizaldo

 


 

Había una vez un hombre llamado Samuel que, de alguna manera, terminó pegado a una nariz gigante. Todo comenzó cuando, durante un paseo en el parque, tropezó con un extraño objeto. Al agacharse para examinarlo, descubrió que era una nariz enorme que yacía en medio del camino.

Curioso y algo temeroso, Samuel se acercó y tocó la nariz, momento en el que algo mágico ocurrió entre Samuel y aquel apéndice carnoso. Sin previo aviso, la nariz se adhirió a su rostro, cubriéndole por completo. Samuel, asombrado y preocupado, forcejeó, gimió, se retorció en el suelo intentando despegarla, pero sus esfuerzos fueron en vano. La nariz parecía estar adherida de forma permanente. Al final apesadumbrado y renqueante volvió a su casa ignorando las miradas de asombro de los transeúntes con los que se cruzaba.

A medida que la noticia de este extraño suceso se difundió, Samuel se convirtió en una sensación local. La gente venía de todas partes para ver al hombre con la nariz gigante. Con el tiempo, Samuel se acostumbró a su nariz gigante y aceptó su destino. Aprendió a vivir con su peculiaridad y a disfrutar de la atención que recibía. La nariz, a su manera, se convirtió en su marca distintiva. 

La peculiar historia de Samuel y su nariz gigante tomó un giro aún más inusual cuando se descubrió que la nariz tenía la capacidad de hablar. Al principio, Samuel estaba asustado por esta nueva y extraña habilidad de su apéndice nasal, pero pronto se dieron cuenta de que podían comunicarse de una manera única. Al principio, fueron tímidos estornudos y gañidos, después la gigantesca probóscide empezó a hablar con un vocabulario sencillo, casi infantil. Al cabo de un mes, la comunicación era totalmente fluida.

Entonces, la nariz de Samuel, que se presentó como "Narizaldo", se convirtió en un amigo y consejero constante para su anfitrión. Narizaldo le ofrecía sabios consejos, a menudo acompañados de un sentido del humor mordaz, lo que alegraba la vida de Samuel y la de aquellos que lo rodeaban. La gente venía no solo para ver la nariz gigante de Samuel sino también para escuchar las ingeniosas conversaciones entre él y Narizaldo y, por qué no, recibir consejo.

A lo largo de los años, Samuel y Narizaldo se enfrentaron a desafíos juntos, resolvieron problemas y compartieron risas. A pesar de las dificultades iniciales, esta inusual amistad se convirtió en una parte esencial de la vida de Samuel, y la comunidad llegó a apreciar a ambos como un dúo inseparable. Poco a poco, la relación entre Samuel y Narizaldo creció y evolucionó de una manera aún más sorprendente. Lo que comenzó como una extraña amistad se convirtió en un profundo vínculo emocional. Samuel y Narizaldo se dieron cuenta de que compartían no solo risas y consejos, sino también sentimientos más profundos.

La comunidad que los rodeaba observaba con cariño cómo Samuel y Narizaldo se apoyaban mutuamente en todo momento, enfrentando juntos los desafíos que les presentaba la vida. La gente comenzó a comprender que esta relación era única y especial, y muchos la envidiaban por su profunda conexión.

A pesar de las limitaciones físicas que enfrentaba Samuel debido a su nariz gigante, él y Narizaldo encontraron formas de expresar su amor. Aunque su situación era única, sus sentimientos eran genuinos, y llegó un día que decidieron tener familia de una manera igualmente única. Así pues, Samuel y Narizaldo buscaron asesoramiento médico y científico para hacer posible la llegada de sus hijos. Después de muchos esfuerzos y apoyo de la comunidad, lograron tener dos hijos, a quienes llamaron "Nariza" y "Samuele". Nariza heredó la nariz gigante de su padre, mientras que Samuele tenía una nariz más común.

De esta forma, la familia Samuel-Narizaldo se convirtió en una inspiración para todos, demostrando que el amor verdadero puede superar cualquier obstáculo. La comunidad los aceptó y apoyó con cariño y admiración, reconociendo que la belleza de cualquier relación no reside en la apariencia externa, sino en el amor y la unidad que se comparte.

Y colorín, colorado... el cuento se ha sonado. Atchús!

                    Imágen generada con WOMBO


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