
Tras un viaje por trabajo a Sevilla, subí al avión con cierto temor porque el día anterior había habido una tremenda tormenta en Hispalis. Había consultado varias veces el pronóstico en mi móvil y me alarmaba que en el viaje hubieran fuertes turbulencias. Así que con ese temor me senté en un asiento que la inteligencia artificial, caprichosa ella, me había adjudicado. Un asiento totalmente aleatorio en la fila 23 que podría haber sido otro cualquiera...
... pero entonces nunca habría conocido al protagonista de esta historia.
Cuando saqué la tarjeta de embarque me dije "Al menos estoy en el medio. El avión no debería moverse mucho". No se si eso es cierto o no, pero desde siempre he creído que el lugar de mayor estabilidad de un avión es encima de las alas (o eso me decía mi padre siempre). Así que, si aquello se ponía feo, pensaba que al menos estaría más cómodo que los que iban al principio o al final del aparato.
Estaba desplegando un libro que me había dejado mi hija. "La canción de Aquiles" el cual me sumergiría en un estado de concentración que amortiguaría mis miedos. En eso me encontraba cuando a mi lado se sentó aquel personaje conocido como "El Tiki".
¿Y quién era "El Tiki"?, te preguntarás...
Bueno, es difícil catalogar a alguien a partir de un breve encuentro y algunos recuerdos esbozados en la bruma, pero creo que "El Tiki" se reveló como hombre de misterio y conocimiento perpetuo ya que, según me confesó, viajaba libremente entablando conversaciones con aquellos que compartían sus viajes. Poco a poco me dí cuenta que era un filósofo de la vida y de la calle, una de esas almas nómadas que, tras dos o tres matrimonios (¿acaso importa el número?) había abrazado la soledad (y algunas juergas también) en aras de un conocimiento mayor de sí mismo y del mundo que lo rodeaba.
Es cierto que me habló de sus antiguas parejas pero ... ¿queréis saber si tenía hijos?
Pues la verdad es que no lo se, aunque me gustaría fantasear con que "El Tiki" podría tener una larga prole de hijos dispersos por el mundo, todos ellos conformados con el mismo espíritu libre de su padre. Pequeños Tikis que perpetuasen su anhelo de conocimiento y lo propagasen mientras existiera su estirpe. Personas condenadas como el Holandés Errante, a vagar por la inmensidad del mundo con una única maldición: conocerse y ser libres. Una maldición bíblica y digna de los grandes dramas antiguos.
En fin, que apenas había terminado de acomodarme cuando noté que ese hombre de presencia intrigante se aproximaba hacia el asiento vacío a mi lado. Se sentó y lo primero que me llamó la atención fue su prominente nariz carnosa que coronaba una sonrisa mordaz y centraba su mirada llena de sabiduría. "Soy el Tiki"- me dijo dándome la mano. "¿Sabes que con dos frases soy capaz de saber de qué va una persona? Me sentí desnudo y algo escéptico con su actitud pretenciosa aunque luego me quedó la sensación que podría ser cierto lo que decía. En todo caso, el avión ya corría hacia la pista de despegue así que me aventuré a decirle que podíamos dejar el asiento entre los dos vacío ya que nadie se había sentado. ¿Por que el sistema de elección aleatoria de asientos no me había puesto al lado de la ventana como a mí me gusta? En todo caso, me coloqué allí para ver el despegue. Ese movimiento pensé que desanimaría a "El Tiki" a seguir hablando.
Pero nada más lejos de la realidad.
Iniciamos una conversación casual y rápidamente sus palabras se tornaron en una cascada de reflexiones profundas sobre la naturaleza del prójimo, la libertad de hacer lo que a uno le daba la gana y la condición humana falsa y perversa. "El Tiki" era pintor, pero no de obras bellas en museos, era pintor de los otros, de los que pintaban casas ajenas en un ciclo sin fin. Ese hombre, había visto mundo y se notaba que se había corrido innumerables juergas que le habían añadido, capa a capa, una pátina de cinismo y misericordia hacia sus semejantes. Puedo decir con orgullo que ese sabio compartió sus experiencias conmigo, sus amores y desamores, sus alegrías y sus decepciones. Me transfirió su conocimiento arcano en aquella hora que compartimos vuelo. Cada historia que desgranaba estaba impregnada de una comprensión íntima de la complejidad del corazón humano. Esa era "El Tiki" un profeta que la providencia me había asignado en un asiento de la fila 23.
Ya estábamos a la altitud de crucero y sentía como si estuviera inmerso en un universo paralelo, donde el tiempo se detenía y las preocupaciones mundanas desaparecían. El verbo de aquel hombre no cesaba. Sus palabras resonaban en mí de una manera que me hacía cuestionar mis propias perspectivas sobre la vida. Pasaron las azafatas ofreciendo viandas insalubres en bolsitas herméticas convenientemente adornadas de falso lujo. "El Tiki" pidió una cerveza. ¡Casi 5 euros le pidieron! ¿Creéis que ese ser sabio renuncio a ella siguiendo los dictados de la frugalidad? Pues no. Eso sí, intentó pagarla en efectivo, pero amablemente la azafata le dijo que "con tarjeta señor que, en un avión, la calderilla pesa". Así que, alegremente, la tarjeta hizo su aparición y el milagro se tornó corpóreo. ¡Voilá! Un bote de cerveza compartido a 10.000 metros de altura. Yo intenté negarme, lo juro, pero insistió, perserverante él. Y yo, como siempre he pensado que es de mala educación negarse a una invitación, me dejé hacer. Así que, sin miramientos, me puso tres dedos en el vaso de papel. Luego el bebió del bote mientras seguía conversando. He de decir que esos tres dedos de cerveza fría me supieron a gloria.
"El Tiki" habló y habló. A través de su narrativa, aprendí sobre la importancia de la aceptación y la valentía para abrazar la soledad de su vida sin miedo. Sin embargo, a pesar de su aparente desapego, pude notar un brillo de nostalgia en sus ojos cuando hablaba de su tierra y de su madre. Llevaba como recuerdo unas bolsas de hierbas aromáticas y unos paquetes de jamón del bueno. También se había traído una botella de aceite de su almazara pero en el control de seguridad del aeropuerto de Sevilla le habían dicho que nanay. "El Tiki" en uno de sus gestos de rebeldía miró a aquellos "malajes" que miraban ese aceite virgen con ojos ávidos y retrocedió desde el control de seguridad hasta la entrada para darle el aceite a un paisano suyo que había conocido unos minutos antes. "Ese aceite no era para aquellos canallas" - me dijo - "que lo único que querían era quedárselo". En fin, quién sabe si tenía razón, en todo caso él volvería a por más en Navidades, aunque hasta entonces tendría que vivir sin aceite y con jamón y hierbas su vida desenfrenada y libre en la que alternaría la brocha con el gin tonic.
Conforme el avión iniciaba el descenso al aeropuerto, sentí una sensación de gratitud por haber tenido la oportunidad de cruzar caminos y cerveza con "el Tiki". Sus palabras resonarían en mí mucho después de que nuestras vidas se separaran en el tumulto del aeropuerto. Me dejó con una comprensión renovada de la complejidad del ser humano y una apreciación más profunda por la libertad de la soledad. Al despedirse, un fuerte y sincero apretón de manos y un poco de tomillo deslizado furtivamente en mi maleta. Mientras me alejaba, no pude evitar pensar que, quizás, todos estamos destinados a ser como "el Tiki" en algún momento de nuestra existencia, buscando esa incesante conexión mientras nos movemos a través de este vasto cielo llamado vida.
Por cierto, no me enteré de las turbulencias en todo el vuelo.
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario. Sigue visitándome cuando quieras.