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Sangre de su sangre

 

(Homenaje en Halloween a H. P. Lovecraft)


 Cuántas veces he pensado, en la negrura nocturna, sobre el origen de mis horrores. Acerca de los terribles acontecimientos que originaron este manuscrito. Sin embargo, no he hallado otra respuesta que mi propia locura y la nada. Así que, cuando se lean estas frases, ruego que no sea con indiferencia. Os suplico que no sea así, por favor, porque entonces mi muerte habrá sido en vano entonces. Os pido también que cuando terminéis de leer estas hojas,  las queméis porque contienen conocimientos celosamente guardados desde la noche de los tiempos y que son demasiado horribles para que los conozcan los profanos. Mi cuerpo, no lo busquéis, ya que estoy seguro que habrá desaparecido, ocultado por dios sabe qué seres malignos que harán todo lo posible para que esta narración parezca el desvarío de un demente. Sin embargo, para que no creáis que lo que voy a relatar es irreal, dejadme preguntaros si en vuestras propias vidas no habéis tenido a veces la sensación de que lo que hace años  creíais firmemente, ahora  ya no estáis seguros de su certeza. Dejadme sembrar en vuestras más sagradas convicciones una semilla de incertidumbre. Si lo consigo, entonces estas apresuradas anotaciones  tendrán sentido, si no…entonces solo puedo pediros que recéis por mi alma.

Empezaré este relato cuando abandoné la ciudad de Providence en Nueva Inglaterra, hace un par de meses, con la intención de tomar posesión de la finca familiar que había heredado a la muerte de mi abuelo Jonathan Ravenscroft, hombre bien conocido en ciertos círculos esotéricos por sus investigaciones acerca de los ritos paganos que practicaban los pobladores originales de los densos bosques que existían en el condado del tristemente célebre pueblo de Salem. En una zona desolada al norte de dicha ciudad, muy cerca del lago de Arlington, se alzaba el solitario caserón donde yo había nacido hacía más de tres décadas.

Nunca conocí a mis padres. Según mi abuelo Jonathan, habían muerto en un accidente cuando yo contaba cuatro años de edad y él, viendo que aquel solitario ambiente sería nocivo para mi desarrollo físico y mental, había decidido internarme en un colegio regentado por una comunidad episcopaliana al norte de Boston. No volví a tener noticias suyas salvo algunas esporádicas cartas que recibía en fechas señaladas con el suficiente dinero para mantenerme de una manera digna y en las que solamente había palabras huecas e impersonales. Cuando crecí, y mientras seguía recibiendo esas cartas tan faltas de afecto, cursé estudios de periodismo en la Universidad de Suffolk en donde, unos años después, conseguí graduarme. Entonces comencé a trabajar en el Boston Globe, uno de sus periódicos locales. En aquella época, la periodicidad de las cartas junto con la cuantía económica había disminuido ostensiblemente hasta que en los últimos años, solo recibía una única carta al año: el día de mi cumpleaños. Hace unos meses recibía una última carta en la, que, con el mismo tono impersonal de las anteriores, un abogado me anunciaba ls muerte de mi abuelo y la noticia que me había nombrado heredero universal.

Así que hice el viaje de vuelta, por carreteras cada vez más polvorientas y desoladas hasta que llegué a la mansión de mi infancia. En la puerta me esperaban los viejos criados quienes me prepararon una habitación en el ala oeste. Justo al otro extremo de la casa se encontraba la habitación y el estudio de mi abuelo.

Después de una cena frugal, me acosté para recuperarme del viaje mientras la casa se llenaba de silencios y sombra. Aquella fue una noche de sueños extraños en los que me veía rodeado de seres perversos, escoria de la naturaleza que aullaban y agitaban sus pavorosas garras en el aire. Desperté de madrugada empapado en sudor. En la quietud de la oscuridad creí percibir un llanto como de un niño.

A la mañana siguiente, después de desayunar solo, me dirigía a la biblioteca que recordaba enorme. En sus estanterías se amontonaban libros prohibidos y arcanos, como el conocido Necronomicón, escrito por manos impías y dementes. Empecé a ojear precisamente ese libro y vi escrito en los márgenes de las páginas, execrables letanías que hablaban de ritos paganos y estirpes abominables. Una anotación me llamó la atención: "Son dos los últimos de la estirpe".

Alcé la vista porque me estaba perturbando lo que leía y me fijé en la llama del candelabro. Vi que se movía como impulsada por una corriente de aire. Moví la mano y me dí cuenta que había una leve corriente de aire que salía de una grieta en la pared. Palpé las piedras y no sé que oculto mecanismo activé pero lo cierto es que se abrió ante mis ojos un túnel en tinieblas. Auxiliado por la luz trémula de la vela me adentré en el pasadizo. Ahora pienso en mi insensatez, pero en aquél momento pudo más la curiosidad de saber si mi abuelo ocultaba algún secreto en su estudio. Así que me vi bajando unas escaleras, hundiéndome en las vísceras de la tierra. 

 

No se cuanto tiempo pasó, pero bajé durante lo que me parecieron varias horas. Descendiendo a una profundidad que escapa a toda imaginación. A medida que descendía notaba ciertos cambios en la estructura del pasadizo. Pasé de los típicos ladrillos de arquitectura georgiana a arcadas góticas muy degeneradas, ornamentos de estilo oriental en los que se discernían algunos motivos que me produjeron una sensación de desasosiego, horribles mosaicos clásicos que mostraban escenas grotescas, construcciones de piedra de estilo cada vez más primitivo, tosco y animal... nada tenía sentido y mi mente rechazaba lo que mis ojos veían, pero aún así, continué avanzando. Finalmente, llegué a una zona con escalones cincelados en la roca madre en los que se adivinaban ominosos glifos que, solo con recordarlos, siguen produciéndome pavor.

Llegué a un ensanche del pasadizo, una caverna alumbrada por una luminosidad rojiza y pesada que no llegué a adivinar su origen. Al pisar, empecé a notar algo quebradizo. También intuí en la lejanía una serie de corredores que se sumergían en profundidades más ignotas aún. ¿Qué terribles secretos palpitaban en aquella oscuridad? Cuando me acostumbré a aquella penumbra, miré a mis pies y vi que lo que estaba pisando era una alfombra de huesos que se extendía por toda la cueva hasta desaparecer en las sombras. Algunos de esos huesos eran humanos, otros presentaban tales deformidades que supuse fueran incompatibles con una vida normal. Me entró el pánico y, como vi que me quedaba sin  luz, salí corriendo de aquella atmósfera densa y quieta.

Necesite varias horas para recuperarme de aquella impresión. Mi ánima alterada solo se calmó con una copa de buen brandy que me sirvió uno de los criados al verme tan azorado a la hora de la cena. Aquella noche volví a tener sueños inquietantes. Como si todas las impresiones vividas a lo largo del día se metamorfoseaban en sueños malditos. Las criaturas deformes de mis anteriores pesadillas, aquellas cuyos huesos había pisado rodeaban un altar donde ¡Oh Dios! mi propio abuelo sostenía una daga de abominable diseño. La daga estaba manchada de sangre fresca de recién nacido y la postraba a los pies de un curioso monolito cilíndrico. 

Al despertarme, volví a oír el llanto de un niño idéntico al de la noche anterior. No había duda. Provenía del ala Este, al final del pasillo donde se encontraba el estudio de mi abuelo.

Me armé de valor y seguí el rastro hasta la entrada del tenebroso pasadizo. Crucé el umbral y baje la infinita escalinata hasta la llanura de osamentas.En mi primera exploración no lo había visto, pero ahora sí que destacaba en la tenue luz, la presencia innombrable de aquel monolito de mis sueños. Me acerqué con cuidado para observar la composición de la extraña columna que había despertado mi curiosidad.

Observe con atención la curiosa naturaleza de aquel monolito. Era frió pero suave al tacto. Me recordó algo bien conocido. Algo orgánico.

Agarré una quijada del suelo e intenté arrancar un fragmento para llevármelo y estudiarlo ¡Nunca debería haberlo hecho! Lo que sucedió después solamente puede pertenecer a la imaginación de un demente.

Toda la cueva empezó a temblar, como un telúrico terremoto que sacudiese aquellas profundidades. El suelo de huesos se arqueó y de la tierra surgió una voz que no pertenecía a este mundo:

"H-E-E-E-E-R-R-R-R-M-M-M-M-A-A-A-A-N-N-N-N-O-O-O-O"

No recuerdo cómo pude salir de allí, pero lo cierto es que mientras corría, maldije a mi abuelo y a su hija, mi madre, porque entendí de repente todo. Los libros prohibidos. Los rituales blasfemos. Los pactos contra natura. Jonathan, brujo loco, maldito mil veces, ojala te pudras por toda la eternidad. Uniste a mi madre con un súcubo del infierno. Propiciaste un último matrimonio de una larga serie que se remontaba a miles de años atrás, cuando mis antepasados residían en los oscuros bosques de lo que hoy es Alemania. Entendí entonces lo que había escrito en los márgenes de aquel libro nefasto. Comprendí que cada uno de aquellos abominables matrimonios sellados con sangre de inocentes había engendrado una prole impía, algunos demasiado no humanos para ser expuestos a la luz de la civilización, abandonados en las oscuras cavernas subterráneas que había visitado. Me dí cuenta de las palabras que había leído. En un último acto de este ominoso drama mi madre había engendrado dos criaturas gemelas: una de ellas sería totalmente normal y, al no saber su oscuro origen, se encargaría de perpetuar la simiente del mal por toda la tierra. 

Ese era yo.

Dejo de escribir porque he decidido romper esa cadena terrible. No voy a ser yo quien cumpla los designios del viejo loco. Salvaré al mundo aunque sea a costa de mi propio sacrificio.

Pero antes de dejar la pluma, imagino que os preguntaréis, ¿qué fue del otro gemelo? 

Aquel que por parecerse más a su padre fue encerrado para siempre en las profundidades. 

Aquel hermano mío cuyo dedo índice sobresale del averno como advertencia para que los profanos desanden su camino. 

Aquel dedo que yo, infeliz de mí, confundí con un monolito.


Nota del traductor: este manuscrito fue hallado entre las ruinas humeantes de la mansión Ravenscroft. El cuerpo del último de ellos nunca fue hallado.


Este relato lo escribí en 1984, cuando tenía 15 años. Hace un tiempo lo encontré entre mis papeles antiguos y me he permitido el capricho de reescribirlo conservando lo principal.






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