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Como baba de caracol


 

En un acantilado junto al mar, vivía una solitaria mujer llamada Camila. Desde su infancia, Camila siempre había estado obsesionada con los caracoles. Le fascinaba su capacidad hermafrodita, su manera de deslizarse por las piedras, sus ojos al final de aquellos apéndices móviles... Sin embargo, esa obsesión se había acentuado tras la muerte de su esposo, un trágico suceso que había conmovido a toda la región ya que su barco había sido encontrado varado en la playa sin ninguna persona de la tripulación en su interior. Tras aquel trauma, Camila se sumió en una profunda depresión y aislamiento. 

En ese aislamiento de largos inviernos en su casa del acantilado su obsesión había tomado un giro oscuro y siniestro a lo largo de los años. Ya que Camila, en la oscuridad de las noches de luna nueva, se aventuraba por los prados cercanos a la costa para recolectar caracoles, actividad que, a primera vista podía parecer hasta normal. Sin embargo, estos no eran caracoles comunes ya que los caracoles que recogía Camila en las noches oscuras poseían una extraña luminiscencia en su interior y un aura inquietante que generaba escalofríos en la espina dorsal de los esporádicos visitantes que la visitaban en su casa.

Con el paso de los meses, los aldeanos empezaron a murmurar sobre las extrañas prácticas de Camila.  Se decía que sus caracoles estaban poseídos por espíritus malévolos y que sus colecciones eran más que simples trofeos, sino una forma de invocar el mal en el pueblo.

Una noche, cuando la luna colgaba baja en el cielo, los caracoles comenzaron a moverse en sus frascos de colección. Los suaves susurros, que a veces exhalaban en sus frascos de vidrio, se convirtieron en aullidos guturales, y las conchas comenzaron a vibrar violentamente. Camila, que estaba profundamente dormida, despertó con un escalofrío y sintió un terror indescriptible al ver aquellos ojos negros y saltones reflejados en la oscuridad de la habitación.

Mientras la mujer se trataba de calmar, los caracoles hicieron rodar los frascos de cristal en los que Camila los había metido y fueron cayendo de las estanterías para hacerse añicos en el suelo en una lluvia de fragmentos de vidrio y conchas. Tras salir de sus prisiones y con una velocidad pasmosa, se deslizaron hacia Camila acercándose y formando un círculo a su alrededor. Un aura oscura y siniestra los rodeaba mientras comenzaban a rodearla girando cada vez más rápido para generar una capa de baba viscosa a su paso. Las ventanas cedieron a un viento súbito y la habitación se llenó con susurros de odio. Camila presintió la presencia de algo innombrable.

La mujer gritó en terror cuando aquellos ojos siniestros comenzaron a trepar por sus piernas, emanando un aura oscura y tenebrosa. Camila sintió el contacto frío de las criaturas en su piel y se encontró atrapada en una cúmulo de caracoles, sentía su viscosidad, sus susurros de terribles profecías y visiones de sucesos atroces que iban a acontecer en el pueblo, incluso alguno le hablaba del terrible destino de su esposo en las profundidades del océano...le susurraba que cientos de caracoles habían eclosionado en los restos de su amado esposo. Esto hizo enloquecer a Camila.

Sin embargo, en un último acto de valentía, justo antes que los caracoles alcanzasen su boca y empezasen a introducirse en su interior, Camila extendió su brazo y cogió sal del estante de la cocina para arrojarla a su alrededor en un gesto desesperado, rompiendo así el hechizo. De repente, las conchas comenzaron a agrietarse y a desintegrarse, liberando una nube de oscuridad y malevolencia que, con un graznido gutural, llenó la habitación y salió por la ventana rompiendo el cristal para finalmente desaparecer en la oscuridad de la noche con un estruendo espantoso que despertó a todos los habitantes de la aldea.

A la mañana siguiente, cuando los aldeanos acudieron a casa de Camila, encontraron los cristales, las babas, las señales del horror pero nadie la vio ni la volvió a ver. Algunos creyeron ver sus huellas en la arena adentrándose en el mar en un postrero intento de encontrar la paz.  Quién sabe si lo que vivió fue real o simplemente una visión de su mente torturada. En todo caso, para Camila, el mundo terrenal quedó atrás, y se perdió en el vasto y misterioso abismo del mar, donde su espíritu y el de su amado se unieron en una danza etérea y eterna, tejiéndose para siempre en la historia insondable y perpetua del océano y sus secretos infinitos.


 

 

 

Imágenes generadas con Bing Image Creator

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