Me llamo Ladradora, y nací en las calles frías de una ciudad enorme hace tres inviernos.
De mi madre y mis hermanos no recuerdo gran cosa, salvo el calor de nuestros cuerpos cuando nos arracimábamos bajo una caja en las gélidas noches de luna llena. Sin embargo, siempre asomaba mi cabecita entre mis hermanos para mirar a aquella gran bola blanca del cielo que me miraba con su cínica sonrisa y me preguntaba si se iba a caer sobre nosotros tarde o temprano. Mi madre me decía que siempre había estado allí y que, en realidad, era un gran agujero blanco en el cielo en el que vivían los espíritus de mis antepasados.
Mi linaje no era muy noble, tenía sangre mestiza de husky y terrier que me confería un carácter afable y tranquilo y cuando me desarrollé destaqué de mis hermanos por mi curiosidad por todo lo que me rodeaba. Quizás eso me llevó a donde me llevó.
Así, una tarde recién cumplido año y medio de mi vida, me encontraba vagando por un descampado a las afueras cuando me fijé en una furgoneta negra que circulaba lentamente por el camino. No intuí el peligro hasta que fue demasiado tarde ya que, en un abrir y cerrar de ojos, dos humanos corpulentos me atraparon y me metieron en una jaula dentro del vehículo.
Ya no volví a ver nunca más ni a mi madre, ni a mis hermano ni a aquellas calles de mi niñez. Tampoco volví a disfrutar del sol y la libertad.
Lo siguiente que recuerdo son luces blancas, personas con bata que me miraban y me escudriñaban bajo máquinas frías y grises. Estaba en una jaula y a mi lado había otras con otros perros como yo. Todos asustados y sin saber nuestro destino. Tenía miedo ya que en mi barrio había oído cosas atroces sobre que en cierto momento de la ciudad donde vivía, los humanos nos habían usado para alimentarse.
Sin embargo, ese no fue mi destino ya que lo primero que hicieron fue alimentarme a mí. Era una especie de gelatina que no es que estuviera muy sabrosa pero me llenaba y me ayudaba a recuperar fuerzas.
Y así, poco a poco, se fue instaurando una rutina que se basaba en inspecciones médicas para ver mi salud y pruebas físicas en las que a veces tenía que estar mucho tiempo quieta dentro de un pequeño traje de metal que se adaptaba a mi forma. Esto me ponía nerviosa ya que los periodos de confinamiento en esos trajes minúsculos hacían que dejase de orinar, cambiaba mi temperamento de normal dócil y me provocaba un deterioro de mi estado. Me suministraron laxantes para estabilizar mi organismo pero fue peor que antes. Así que empezaron a alternar largos periodos de entrenamiento físico con las pruebas. Estas pruebas cada vez eran más exigentes. Me metieron dentro de una caja que daba vueltas a muy alta velocidad. Me sumergieron en una piscina dentro de burbuja de metal para ver cómo reaccionaba.
Algunos de los científicos eran más amables conmigo. Me llamaban Kudryavka (rizadita), después Zhuchka (bichito), y luego Limonchik (limoncito). A mi me encantaba que me llamasen Zhuchka. Tenía otros compañeros, perros como yo. Algunos tenían nombre y otros no. Algunos un buen día desaparecían y no sabíamos qué pasaba. Empecé a sentir que yo era especial por la manera en cómo me miraban y trataban. Al final, me acostumbre a todo aquello y empecé a sentir que esos humanos en bata blanca eran mi familia. También me hice muy amiga de dos perros callejeros más que trataba como hermanos: Albina y Mushka. Ignoro lo que fue de ellos.
Solo me acuerdo que otro día uno de aquellos hombres me llevó a su casa y jugué con sus hijos. Dos niños pequeños y encantadores. Empecé a soñar con poder vivir para siempre en aquella casa... y ser feliz junto a aquellos niños.
Pero esa felicidad solo duró 24 horas.
Al día siguiente, ese mismo hombre y otro me cogieron y me durmieron. Cuando desperté, me encontré dentro de una jaula nueva con algo que me habían cosido a la piel y que al principio pensaba que eran parásitos pero luego me dí cuenta que era algo metálico. Lo siguiente que recuerdo es un coche que me llevó por carreteras en las que se acumulaba la nieve en las cunetas. Finalmente, vi que me subían a un avión. ¡Qué alegría poder volar!. Me imaginaba llegando a la luna blanca de mis recuerdos infantiles. Me porté bien por si me premiaban con la oportunidad de mirar a través de la ventana. Pero solo vi los barrotes de mi jaula en la bodega del avión.De repente, otro ruido ensordecedor llenó mis oídos y la nave tembló violentamente. No entendía qué estaba sucediendo, pero algo en mi instinto me decía que este viaje sería diferente a cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Sentí una fuerza que me empujaba hacia arriba, y de repente, floté en el aire. ¡Era como volar sin alas!
Me movía por la cabina, dando vueltas y giros mientras intentaba entender la falta de gravedad. La diversión se apoderó de mí, y mi lengua colgaba fuera de mi boca mientras disfrutaba de la experiencia única. No entendía completamente lo que sucedía, pero no importaba, estaba feliz.
Y entonces la vi.
A través de una pequeña ventana de cristal vi una gran bola de color azul y blanco. Eran nubes y mares. No se cómo pero reconocí aquella visión. Era La Tierra. Tuve la sensación que era el primer ser que veía aquel espectáculo. Estaba haciendo historia. Era una perra espacial.
Luego la nave giró y también vi la bola blanca de mi infancia. Parecía un poco más grande. ¿Quizás se iba a cumplir mi sueño de llegar a ella y saber por fin lo que era?
Volví a mirarla y ahora su mirada ya no era cínica, sino directamente una mueca de desprecio. Se reía mientras bailaba a un lado y otro de la ventana y me decía que yo no era merecedora de acercarme a ella y ni siquiera de mirarla.
Aparté la vista y noté que algo no estaba bien. Los ruidos en la cabina cambiaron, y la diversión se volvió incertidumbre. Mi cola dejó de moverse con la misma alegría. Miré a mi alrededor, buscando respuestas, pero solo veía luces parpadeantes y controles que no entendía.
La cabina seguía volando en aquel vacío negro, pero ya no sentía la emoción inicial. La ingravidez que antes me hacía sentir libre ahora se volvía un recordatorio de que algo iba mal. Quería volver a casa, extrañaba la tierra bajo mis patas y el cariño de los científicos. Pero la cabina siguió avanzando, alejándome de todo lo que conocía.
Cada vez notaba más calor. Todo se apagó. Miré por la pequeña ventana de la cabina, esperando ver algo familiar, pero solo veía estrellas lejanas y la oscuridad interminable. Mi corazón se aceleraba cada vez más y cada vez notaba que me faltaba el aire. Boqueaba como un pez fuera de un estanque y, aunque no entendía completamente lo que estaba sucediendo, supe que mi viaje era irreversible. Me convertiría en un pequeño satélite de la Tierra, hermanada con la Luna, flotando en el frío silencio del cosmos...
...mi cola dejó de moverse y lo último que recuerdo fue de nuevo la mirada de la Luna diciéndome:
Ven Laika, ven
El Sputnik 2 con los restos de Laika, orbitó la Tierra 2.570 veces, durante 163 días. La nave se desintegró al entrar en contacto con la atmósfera el 14 de abril de 1958.
El 9 de marzo de 2005, un área de terreno en el planeta Marte fue llamada oficiosamente Laika.
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