El androide había estado inmóvil durante miles de años.
Sin energía.
Desconectado.
Su cuerpo maltrecho y apoyado en una descolorida pared de piedra era lo único que quedaba de las grandes civilizaciones de antaño.
Una cuarteada carcasa era su cara.
Los ojos abiertos.
La mirada perdida.
Y nada quedaba a su lado salvo la desesperación infinita y desnuda.
El rostro bañado incesantemente por la lluvia y azotado por el viento. Una pálida faz que ya no reflejaba la hermosura de pasadas épocas de esplendor.
Era el último vestigio de la grandeza de los hombres que, en su apogeo, fueron capaces de vencer a la naturaleza, creando vida y perfeccionándola más allá de lo que debieron haber hecho.
El androide había sido construido antes del gran cataclismo final por manos expertas y mentes hábiles. Algunos cuando lo vieron por primera vez consideraron que era más parecido a un ángel que a una máquina.
Era hermoso y distante.
Pero todo aquello acabó.
Se derrumbaron las ciudades, perecieron millones de seres y el mundo se convirtió en un yermo desolado batido por aquel viento y aquella lluvia.
Y el androide se quedó solo.
Terriblemente solo.
Ya no había ojos que lo admirasen y manos que lo acariciasen.
Nadie volvería a susurrar su nombre.
Nadie admiraría su grandeza.
Solo una cara agrietada. Unos labios resecos y fijos en una mueca.
Los ojos apagados y grises.
La lluvia incesante.
Perpetua.
Y en medio de ella, una gota de lluvia resbaló por su cara y rozó sus labios.
Entonces, en lo más profundo de su ser, algo en sus circuitos saltó gracias a aquella gota.
Y después de miles de años y por un breve lapso de tiempo, el androide sintió de nuevo una caricia.
Y, sutilmente, esbozó una sonrisa que nadie vio.
Después... de nuevo la nada.
Y solo quedó el viento aullando y la continua y monótona lluvia gris de aquel mundo muerto.

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